
María es una persona usuaria de silla de ruedas, ella soñaba
con ser contadora. Terminó la universidad con esfuerzo, venciendo obstáculos
que pocos imaginan: rampas inexistentes en su escuela, entrevistas de trabajo
en edificios inaccesibles y miradas que dudaban de su capacidad. Aun así,
perseveró. Pero al llegar al mundo laboral, se encontró con otra barrera
invisible: la desigualdad salarial y la falta de oportunidades por ser mujer y
por vivir con discapacidad.
La historia de María no es un caso aislado, sino el reflejo
de una realidad en México.
Las mujeres con discapacidad enfrentan un reto que se
multiplica por dos. De acuerdo con el Programa Nacional de Trabajo y Empleo
para las Personas con Discapacidad (Gobierno de México, 2021–2024), solo el
18.3% de las mujeres con discapacidad participa en el mercado laboral,
mientras que los hombres con discapacidad alcanzan el 42.3%. Esta
diferencia revela cómo la combinación de género y discapacidad condiciona el
acceso a empleos formales y a ingresos dignos.
Aun cuando tienen la misma educación y empleo, la brecha
persiste: los hombres ganan en promedio 34% más que las mujeres
(CONAPRED y CEPAL, 2017). Por su parte, el Observatorio de la Discapacidad
(2019) registró una brecha salarial del 14.3% en trabajos de jornada
parcial entre hombres y mujeres con discapacidad.
Además, el Instituto Mexicano para la Competitividad
(IMCO, 2019) subraya que las personas con discapacidad, en general,
perciben solo dos terceras partes de lo que gana la población sin
discapacidad, con las mujeres en una situación de mayor desventaja.
Estas cifras podrían parecer desalentadoras, pero en
realidad nos muestran con claridad dónde debemos actuar. Si garantizamos el
principio de “a trabajo igual, salario igual”, no solo reducimos
injusticias: abrimos la puerta a talento, innovación y desarrollo económico
sostenible.
La inclusión laboral con perspectiva de género y
accesibilidad no es un favor: es una inversión social y empresarial. Cada mujer
con discapacidad que accede a un empleo digno rompe un estigma y abre camino a
otras.
¿Qué podemos hacer?
La pregunta es clara: ¿estamos dispuestos a dar el paso
hacia un futuro laboral más justo e inclusivo?
El momento de actuar es ahora. Y cada decisión que tomemos
puede acercarnos a un México donde la inclusión laboral sea una realidad para
todas y todos.
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